Otro Monstruo que Trabaja

Poco lo conocí, pero sé que mi abuelo, el papá de mi mamá, era matarife. Salía muy de madrugada al sacrificadero, que quedaba como a un kilómetro de la casa, y allá invocaba a la muerte para el sostenimiento de su familia y del pueblo entero. ¿Cómo condenarlo por ello?

Eso sí, solían perseguirlo las brujas, mi mamá nos contaba. Las noches en que se iba la luz en el barrio, nos sentábamos en la terraza y ella nos refería, a mi hermana mayor y a mí, las mismas historias una y otra vez, siempre igual de fascinantes. Al viejo los «aparatos» se le aparecían entre arbustos en llamas, como altísimas mujeres sinuosas, perros infernales, cerdos desbocados o en plena mitad de candelas vivas… una cosa loca.

Ahí queda la historia por ahora, que era más bien un recordatorio de que los monstruos que trabajan somos muchos.

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